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8 de abril de 2008

Cultura

El eterno rebelde

Jaime Bayly


26/06/2004 00:00

Llego deprisa, casi jadeando, impaciente y acalorado a los cines Lincoln Plaza, una tarde espléndida, de calor suave en Nueva York, listo para ver Fahrenheit 9/11, el documental de Michael Moore que tanto escándalo ha provocado, sin duda para conveniencia del propio Moore y de los hermanos Weinstein, que se animaron a distribuirlo cuando Disney se asustó y que seguramente harán millones con esa cinta que apenas costó seis.

No debería sorprender que un cartel en la boletería anuncie que las entradas para todas las funciones están agotadas. Podría esperar al día siguiente, en que se estrena oficialmente en muchas más salas, pero quiero escribir esta crónica con cierta urgencia y por eso decido hacer una pequeña trampa que no causará perjuicio a nadie, con excepción del señor Moore, a quien, forzado por las circunstancias, he privado de mis diez dólares en la taquilla: compro una entrada para otra película, Facing Windows, que se exhibe en una sala vecina, y me propongo, en un descuido de la seguridad, pasar sigilosamente de una sala a otra. A pesar de que mi primera tentativa fracasa, pues me pilla un custodio, me refugio en el baño, hago acopio de coraje y, aprovechando una distracción del vigilante, consigo infiltrarme en la sala de Fahrenheit. Como está a tope y no quedan asientos vacíos, me siento en el piso alfombrado, recostado contra la pared del fondo, saco mi lapicero y abro mi libreta de apuntes.

Ante todo, no soy un admirador de Moore. Su documental anterior, Bowling for Columbine, me pareció muy bueno, pero nunca me acabó de gustar su discurso demagógico contra el capitalismo, las corporaciones y la globalización, como tampoco la bravata chillona e impertinente que lanzó contra Bush en la entrega del Oscar.

Hay un ambiente de enorme expectativa en el cine. Apenas comienza la cinta y aparece el nombre de Moore, la sala estalla en aplausos. Yo me contengo.

Desde el principio, el documental es fascinante y persuasivo, a ratos gracioso y en ocasiones conmovedor. Moore presenta imágenes de George W. Bush en el campo, en botas y pantalón vaquero, persiguiendo con extraño frenesí a un armadillo, y la gente se ríe. Aparecen Bush, Powell, Wolfovitz, Ashcroft siendo maquillados y peinados para la televisión -Bush poniendo cara de tonto, Wolfovitz lamiendo un peine y luego pasándolo por su pelo canoso- y el público celebra con risotadas. Está claro que el cineasta quiere ridiculizar a Bush y sus leales, y también que no le falta talento para acometer esa tarea.

Fahrenheit 9/11 afirma al pasar que Bush se robó las elecciones presidenciales. Esto es falso. Gore sacó más votos que su rival, es verdad, pero el enrevesado sistema electoral, que Bush no creó y que Gore aceptó al ser candidato, consagró como ganador a Bush o al menos ese fue el fallo inapelable de la Corte Suprema, cuyos jueces no fueron designados por Bush. Es razonable afirmar que esos jueces, mayoritariamente conservadores, tomaron una decisión discutible al suspender el recuento de votos en la Florida y otorgar ese estado a Bush, pero es una falsedad decir que el actual presidente se robó la elección y que carece de legitimidad. Hubo una disputa legal, la máxima instancia judicial zanjó la querella y otorgó a Bush la victoria, que no por impugnada dejó de ser limpia.

Moore dice que George W. fue un pésimo empresario petrolero en Texas y que arruinó varias compañías. Es posible. Le creo. También asegura que a pesar de sus fracasos, Bush siguió buscando petróleo con dinero de los sauditas, a través de un amigo suyo, James R. Bath, que manejaba el dinero de la familia Bin Laden en Texas. Suena creíble. La familia Bin Laden es muy numerosa y en aquellos años Bush seguramente no sabía que uno de sus miembros, el más lunático y peligroso, Osama, acabaría siendo el peor enemigo de su país.

La película acusa a Bush de haber usado en 1972 las considerables influencias de su padre para incumplir unos exámenes médicos en la Guardia de Texas y ser dado de baja, evitando así la guerra de Vietnam. Por eso, Moore acusa a Bush de desertor. Es muy probable que tenga razón: así como Clinton hizo todo lo que pudo para salvarse de la locura de Vietnam, Bush también.

Una de las acusaciones más graves es que los Bush, padre e hijo, se vendieron a los sauditas y perjudicaron a los Estados Unidos para ganar dinero. Moore dice que el presidente de este país sólo gana 400 mil dólares al año y que los Bush, sus amigos y asociados han recibido, en los últimos treinta años, 1 billón 400 millones de dólares de los sauditas para hacer negocios. No tengo cómo saber si esas cifras son verdaderas, pero me resisto a creer que los Bush, por dinero, hayan tomado decisiones en beneficio de los sauditas y en perjuicio del pueblo norteamericano. En este punto creo que Moore exagera con cierta maldad. George W. Bush puede no ser un intelectual o un sabio, pero, como su padre, parece una persona honorable. No creo que sus decisiones de estado, por equivocadas que puedan ser y a menudo son, estén inspiradas en tan viles razones.

El momento más terrible viene después, cuando muestra cómo el ejército norteamericano recluta a sus soldados en los suburbios más pobres, ofreciéndoles un buen salario y un futuro prometedor, y cómo los envía a una guerra, la de Irak, justificada con mentiras y que a estas alturas parece un disparate y un callejón sin salida, y cómo esos pobres muchachos negros, latinos, orientales, anglosajones, todos de familias pobres, que van a pelear por un sistema del que acaso son víctimas, acaban peleando una guerra en la que no creen, pues ellos mismos dicen, asqueados, que la guerra es absurda, que están hartos, que quieren volver a casa, que Bush los engañó y Rumsfeld debería renunciar.

Michael Moore parece exagerar cuando describe a los Bush como unos tontuelos, empleados de los sauditas, casi aliados de Bin Laden, pero no cuando afirma que la guerra en Irak fue un error, un trágico extravío que probablemente le costará la reelección a Bush como se la costó al Partido Popular en España.

Al final de Fahrenheit 9/11 el público se pone de pie y se rinde en una ovación atronadora. Incapaz de tanta euforia, yo aplaudo tibiamente, sentado en el piso. Es un documental brillante y tendencioso, valiente y manipulador, lúcido y exagerado. Aunque no estoy de acuerdo en todo, lo recomiendo con entusiasmo.

EL DÍA